Sobre la anorexia nerviosa

La anorexia es, sin duda, uno de los trastornos más graves que se encuentran entre los adolescentes, mujeres en su mayoría; las consecuencias de la restricción alimenticia llegan a adquirir caracteres dramáticos y a amenazar la propia vida. Trastornos de la piel, cabello, enfriamiento de las extremidades con evidente cianosis, descenso del metabolismo basal, bradicardia (frecuencia cardíaca menor de 60), hipotensión, trastornos digestivos y amenorrea, son algunos de los síntomas característicos, todos ellos producto de la desnutrición crónica. Algunas adolescentes llegan a perder la mitad de su propio peso; con las constantes vitales al límite, cuando esta pérdida es superior al 35% del peso inicial, las arritmias, del desgaste de miocardio u otros problemas cardíacos derivados pueden conducir a la muerte.

Como es sabido, en la actualidad la mayoría de las adolescentes muestran una preocupación excesiva por el peso y la figura, lo que les lleva a iniciar dietas bajas en calorías, consumir alimentos “light”, hacer ejercicio, etc. También en frecuente que atraviesen periodos de “desgana” y prefieran horarios y comidas irregulares. Si bien es cierto que estos desequilibrios alimentarios suelen producir efectos tales como una cierta apatía, labilidad emocional, dificultad de concentración y mayor vulnerabilidad, todo ello se inscribe más bien en la tentativa, por parte del adolescente, de experimentar nuevas formas de identidad que le permitan sentirse único y estar, no obstante, en concordancia con los roles ofrecidos por un sector amplio de la sociedad.

Con frecuencia, la anorexia se desencadena a raíz de un régimen de adelgazamiento, sólo que aquí nos encontramos ante un cuadro más complejo. Las adolescentes que adquieren anorexia no buscan la mera consecución de un ideal estético, sino que la reducción, a menudo drástica, del consumo de alimentos tiene carácter sintomático: se trata de la “eclosión” de un trastorno de la personalidad largamente gestado que se expresa a través de la vivencia, fundamentalmente alterada, de la imagen del cuerpo y las sensaciones internas relacionadas con la alimentación.

Es característico que la anoréxica niegue la importancia de lo que le está sucediendo; no siente hambre -o bien niega ante sí misma esa posibilidad-, y afirma encontrarse bien. Esto parece ser cierto, ya que su actividad no disminuye, e incluso se muestra hiperactiva, pero existe, en realidad, un comportamiento anómalo: encerrada en sí misma y a la defensiva, vive en una continua inseguridad acerca de su aspecto, con momentos de exaltación y profundas decaídas, que no son sino la expresión de una incertidumbre básica acerca de la propia identidad.

Lo que parecía un asunto personal pronto se convierte en un problema de interrelación familiar. Las súplicas y amenazas por parte de los padres, la presión y los controles no hacen sino empeorar el cuadro, creándose una situación de alarma familiar generalizada, de reproches y culpabilización mutuas. En este punto la adolescente suele iniciar toda una serie de maniobras de disimulo: arroja la comida, falsea el peso, vomita, toma laxantes y diuréticos, y el privarse de comida puede alternar ocasionalmente con bulimia (“atracones” incontrolados).

Pero más allá del cuadro clínico manifiesto, dominado por las consecuencias físicas y psicológicas de la desnutrición, hallamos una prolongada evolución psíquica caracterizada por una alteración en el modo de elaborar las vivencias. El problema básico se sitúa en el desarrollo de la identidad y en los procesos de formación del yo. De ahí que el cambio de las actitudes patológicas tan sólo pueda lograrse cuando se libera la estructura psicodinámica subyacente a través de una psicoterapia.

Según sugiere el test de Rorschach y se desprende de la vivencia corporal de las anoréxicas, éstas presentan unos límites corporales poco definidos, frágiles y deformes. Se teme la fuerza de los impulsos y también la realidad. Al convertirse la madurez sexual en realidad psíquica, se produce una importante crisis entre el yo ideal y el yo corporal; este último es vivido como el portador concreto de la pasividad psíquica y de la propia ineficacia, del “no valer para nada”; vivencia doblemente culpable, ya que las formas femeninas del cuerpo van asociadas a sentimientos de pecado y suciedad.

En la adolescencia, y de un modo general, existe lo que podríamos llamar un sentimiento global de vergüenza focalizado en torno al cuerpo, sede de todos los “complejos”. Estos complejos son en realidad asociaciones ideo-afectivas dotadas de una fuerte carga emocional, de modo que los “complejos” físicos involucran a la personalidad total, condensan, en la intimidad de la persona, todo un modo de sentirse y de ser. Se comprende así que la negación del cuerpo, el rechazo a la feminidad y a la “carne” de las adolescentes anoréxicas constituya una especie de expiación radical, un deseo de negar su propia historia en aras de un ideal estereotipado de sí mismas..

Se sabe que las adolescentes que desarrollan este trastorno proceden, con frecuencia, de un medio familiar dominante, con altos niveles de exigencia y orientados a la consecución de logros. No es raro que la madre se haya visto frustrada en sus aspiraciones profesionales y se haya volcado en las tareas maternas con un “celo” en cierto modo reactivo, con lo que ello significa: la proyección de sus propias aspiraciones frustradas en los hijos. El padre, por lo común en segundo plano, suele delegar en la madre y dejar que ella ejerza la influencia rectora. Se impone así un cierto patrón impersonal en las relaciones familiares, es decir, que las necesidades genuinas de los hijos no encuentran cauce de expresión; todo se enfoca en el sentido del “cómo se debería ser”, y numerosas áreas de la realidad, tales como el mundo impulsivo, las tendencias lúdicas y la expresión de los sentimientos, son negadas. No es extraño que las adolescentes anoréxicas sientan, y lo expresan de muchos modos, haber actuado siempre en respuesta a los demás, y no por sí mismas.

Cuando el futuro inmediato confronta a la adolescente con elecciones conflictivas (estudios, futuro laboral más que incierto, encuentros eróticos, nuevas formas de amistad e integración social), surge la necesidad de redefinir la identidad. Si la muchacha joven no es capaz de experimentar libremente, mediante una especie de procedimiento de ensayo y error, con una serie de identidades transitorias que le permitan hallar el cauce para la expresión de sí misma, puede producirse un verdadero colapso o desintegración súbita del sentimiento de sí, caso de la adolescente anoréxica. Frases tales como “desearía morirme” reflejan la clase de desesperación que subyace a la imposibilidad de hacer frente a las exigencias externas e internas.

Y es aquí donde la influencia de los modelos sociales, tan decisiva en la adolescencia, ejerce sus efectos más destructivos. Sorprendería saber cuántas admiradas modelos y actrices padecen anorexia encubierta; muchas veces con ayuda de un equipo médico, estas mujeres están sometidas a dietas límite; tras la imagen risueña, “feliz” y siempre activa con la que aparecen en los medios de comunicación, se halla la otra cara: la del mundo en el que rige una competitividad brutal, relaciones estereotipadas, puro objeto de mercado. No se trata ya de la mujer o del hombre “objeto” en el sentido de ser cuerpo-objeto para los demás, se trata de algo más radical, de la interiorización de un estilo de vida que niega los aspectos reales de la existencia, pues lo que esta patología social que rinde culto al cuerpo esconde, es el absoluto desamparo del individuo en medio de la jungla social.